Bartolino 1976

Por Andrés Felipe Giraldo López

Oswaldo Giraldo López, nuevo magistrado del Consejo de Estado.

El pasado 5 de septiembre de 2017 fue posesionado Oswaldo Giraldo López como Magistrado del Consejo de Estado por el Presidente de la República Juan Manuel Santos Calderón. Oswaldo hará parte de la sección primera de la sala de lo contencioso administrativo del Consejo de Estado, quizás la sala que más materias aborda en la Institución. Se le conoce como “la sección miscelánea” o “residual”, que es como esa carpeta de “varios” que abrimos en los computadores cuando no sabemos exactamente cómo clasificar la información que tenemos.

Oswaldo es mi hermano. Desde esa perspectiva lo conozco, lo admiro y lo quiero. Por eso no ofrezco en mi escritura un perfil imparcial. Lo veo con los ojos del afecto y desde allí lo describo. Sin embargo, me comprometo con la verdad porque la verdad hace honor a sus méritos. Por eso es tan fácil y placentero escribir sobre él.

Oswaldo nació el 19 de febrero de 1959 hace más de 58 años. Nació en una familia numerosa, como las familias paisas de antaño, en donde ocupa el tercer lugar entre ocho hijos, dos mujeres y seis hombres. En esta misma familia yo soy el hermano menor, el “cuba”, el octavo, la última reconciliación de papá y mamá.

Se formó con los sacerdotes jesuitas en el colegio San Bartolomé La Merced de donde obtuvo su título bachiller en 1976 y luego se hizo abogado de la Universidad de Los Andes en donde obtuvo su diploma en 1982. Toda su vida ha sido un estudioso incansable y ya completa una especialización, tres maestrías y avanza hacia su título de doctor en Derecho de la Universidad Javeriana.

Oswaldo es padre de tres varones. El mayor es Santiago, que tiene 29 años y vive en Estados Unidos. A él le siguen Camilo y Andrés de 24 y 22 años respectivamente que viven con Oswaldo. Ellos son la razón de su vida y su mayor inspiración. Comparte su vida con Maria Teresa, la mujer que organiza sus días y sus noches y llena su corazón.

Él es un hombre familiar, prefiere las reuniones con sus hermanos que el ruido estridente de las discotecas y disfruta mucho más un buen libro que un buen son para bailar. De hecho, el baile no es una de sus cualidades. En honor a la verdad, clasificaría como uno de sus defectos.

Oswaldo me cuenta en la conversación que tuvimos para escribir este texto que su carrera se ha desarrollado en todos los campos: En el sector público y en el privado, en el litigio particular y defendiendo las causas del Estado, en la academia como profesor consagrado y estudiante permanente, en la consultoría jurídica nacional e internacional y en los organismos multilaterales en Colombia y en el exterior. Realmente no le faltó nada en su trayectoria profesional antes de llegar al culmen de su carrera como Magistrado del Consejo de Estado.

El nuevo Magistrado del Consejo de Estado me dice con un destello en sus ojos que lo inspira la Justicia, así, con mayúscula. Es el heredero natural del potencial jurídico e intelectual de nuestro padre, Jaime Giraldo Ángel, quien fue sin duda un revolucionario de la Justicia, así, con mayúscula, en Colombia. Jaime murió hace poco más de tres años, pero le sobró tiempo para sembrar y ver germinar esa semilla en Oswaldo. Compartieron cátedra y escribieron a cuatro manos varios libros. Hoy el tercero de la camada recorre los pasos del viejo Patriarca llegando a una alta dignidad en la Justicia. Jaime llegó a ser Magistrado de la Corte Suprema de Justicia, del Consejo Superior de la Judicatura y también pasó por la Rama Ejecutiva del Poder Público como Ministro de Justicia del Gobierno de César Gaviria de 1990 a 1991.

Oswaldo reconoce con un dejo de preocupación, pero también asumiéndolo como un reto, que la justicia en Colombia, así, con minúscula, pasa por una de sus peores crisis éticas y morales en toda su historia. Sabe que hay que devolverle la dignidad a la toga, esa dignidad que algunos magistrados, jueces, fiscales y funcionarios judiciales le han quitado enredados en las interminables redes de la corrupción en Colombia. Pero no se detiene ahí y prefiere apostarle a la confianza que tiene en sus nuevos compañeros del Consejo de Estado de quienes asegura no responden a intereses politiqueros. Y como prueba de ello me cuenta que su elección se dio sin presión ni respaldo alguno de ningún partido ni movimiento político.

En este comienzo de su labor como Magistrado la palabra que más lo ronda es “ilusión”. Oswaldo se ilusiona con poder aportarle sus conocimientos y experiencias a la construcción de un país mejor con base en una Justicia más eficiente, eficaz y efectiva para las personas en general. Y para ello tiene claro que la Justicia es “… tramitar los problemas que se presentan en una comunidad entre la gente que está asociada produciendo un tipo de decisiones que sean adoptadas por consenso, obviamente bajo un esquema normativo en donde lo que se pretende es solucionar problemas de manera civilizada y pacífica, buscando siempre que se le conceda la razón a quien la tiene y no se le conceda a quien no la tiene y que, finalmente, quede la certeza de que tales decisiones fueron bien adoptadas para favorecer a la colectividad…”.

Así pues, Waldo, como le digo cariñosamente, llega al órgano más importante en el país para resolver los litigios del contencioso administrativo, es decir, para sentenciar sobre los conflictos que se presentan entre los ciudadanos y el Estado o los conflictos interestatales.

En Colombia la Rama Judicial cuenta con cuatro cabezas colegiadas: La Corte Constitucional, la Corte Suprema de Justicia, el Consejo de Estado y el Consejo Superior de la Judicatura. Además, se perfila una cabeza más a raíz de la reforma que se hizo al Consejo Superior, al que se le quitaron las funciones de control disciplinario, de todos los abogados (incluyendo los que ejercen la función pública) en el país para formar un nuevo Comité de Control Disciplinario de la Rama Judicial.

Oswaldo llega al culmen de su carrera en un excelente momento para él y para el país. Para él, porque el Consejo de Estado goza de una reputación bastante favorable en este momento en donde la justicia se encuentra tan cuestionada y para el país, porque el ambiente de honestidad y trabajo en equipo con el que llega a la Institución le permitirá trabajar con la libertad que dan los valores y los principios guiados por la ética y la moral pública, un privilegio escaso para una nación cooptada por la corrupción a todos los niveles y en todas las ramas del Poder Público. En este sentido, su gran motivación es aportarle a una Justicia que sea más comprensible, asequible y amigable para la gente, que brinde tranquilidad a la ciudadanía acerca de la certeza de que los jueces y magistrados están tomando las decisiones que corresponden con base en lo que es justo, conveniente y necesario para la sociedad en su conjunto. Para esto, cree y confía que los programas impulsados por la Entidad sobre cultura de la legalidad en las regiones y en el trabajo en transparencia y lucha contra la corrupción para los funcionarios de la Rama y la ciudadanía en general, harán de la Justicia institucional algo más cercano a las personas y que, a través de recuperar la confianza en las entidades del Estado, se tendrán ciudadanos más empoderados sobre el sentido de lo público, la Justicia y la autogestión.

Al concluir nuestra conversación le pregunté a Oswaldo que cómo quería ser recordado por la gente al culminar su gestión al cabo de los ocho años que dura su designación de acuerdo con lo establecido en la Constitución Nacional. Waldo me respondió con voz serena que esperaba que las personas lo recordaran como una persona que cumplió fiel y cabalmente su misión, que se preocupó siempre por tomar las decisiones acertadas y valiosas que más favorecieran al país en temas importantes y como un servidor trabajador y dedicado que logró descongestionar al máximo su despacho en función de una Justicia pronta y eficaz. En resumen, el nuevo Magistrado espera que la comunidad lo recuerde como un ser humano que le aportó a una sociedad más justa y a un país mejor.

Otro aspecto que me une con Oswaldo y con todos mis hermanos varones es que todos pasamos por la formación de los sacerdotes jesuitas por el colegio San Bartolomé la Merced. En este sentido, Oswaldo recordó con gratitud y nostalgia la importante formación en valores y principios que son característicos de esta comunidad. Emocionado evocó una conversación reciente con el padre Donaldo Ortiz, un personaje trascendental en la formación más temprana de Oswaldo, en donde le manifestó este agradecimiento, a lo que Ortiz respondió asintiendo con una sonrisa y agregó el sacerdote que, si bien los cimientos de la persona se construyen principalmente en la familia, el colegio es trascendental en la formación y el fortalecimiento de dichos principios y valores. Oswaldo por supuesto estuvo de acuerdo y sentenció “lo que soy hoy se lo debo principalmente a estas dos instituciones: La familia y el colegio.”

Jaime Giraldo Ángel ha dejado el relevo de sus ilusiones, anhelos y objetivos en buenas manos. Oswaldo representa todos los propósitos, valores y ética que Jaime encarnó mientras vivió y él, Waldo, me ha manifestado con claridad y contundencia en sus últimas frases que continuará con el legado de nuestro padre para llevar un paso más allá todo por lo cual luchó para hacer de Colombia un país mejor.

En lo personal, concluyo este escrito con el corazón hinchado de orgullo. Como colombiano le agradezco al Consejo de Estado haber hecho una elección transparente. Como ser humano me llena de esperanza saber que una persona de la calidad personal, profesional y moral de Oswaldo esté al frente de decisiones trascendentales para lo que debe ser una nueva Colombia justo en esta coyuntura tan trascendental a la puerta de salida de más de 60 años de conflicto armado ininterrumpido. Así pues, buen viento y buena mar para mi hermano. Qué lindo decirlo así, mi hermano, el Magistrado de la Justicia con mayúscula.

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