Hice lo que aprendí en el colegio

Por Fernando Panesso Serna
Bartolino 1971

Solo puede ser un regalo de Dios, personificado en esta oportunidad que me brindan buenos amigos y compañeros bartolinos, poder escribir cuando ya empiezo a estar en uso de buen retiro, sobre las bases ignacianas que recibí al comienzo de mi vida.

En efecto, hace menos de dos meses puse fin voluntariamente a mi tarea como Embajador de Colombia en la República del Ecuador. El presidente de la República Juan Manuel Santos y la señora Ministra de Relaciones Exteriores María Ángela Holguín me habían dado esa oportunidad, luego de designarme también como el primer embajador de Colombia en la República de Turquía.

Había realizado una misión diplomática en el Consulado de Nueva York. Pero mi vida, en su gran parte, ha transcurrido en el ejercicio gerencial. Han sido muchos años de trabajo y muy diferentes cargos, en los que abarqué la vida de gobierno (Jefe de Planeación Nacional, Viceministro de Desarrollo Económico y Gobernador de Antioquia) y los espacios público – privados  (Presidente de EPM Bogotá, Gerente General de Coomeva EPS, Presidente de la Empresa de Telecomunicaciones de Bogotá, en los más recientes años). Hice contacto con el gobierno del presidente Juan Manuel Santos durante su primera campaña y cuando fui su representante en la organización del exitoso Mundial de Fútbol Sub 20, que se realizó en nuestro país.

Es una carrera fecunda. He sido agraciado con el conocimiento de lugares y personas que nunca hubiera imaginado. He sido bendecido con la posibilidad de servir a mi país y a sus ciudadanos, que no ha sido otra mi esencia como funcionario público y gestor privado. También he sorteado la prueba de crisis y los momentos de violencia que ha padecido nuestro país. Y he podido desarrollar para Colombia tareas a su favor y en beneficio de sus habitantes.

Pero como decía al comienzo de esta nota, no he hecho otra cosa que aplicar los principios de la personalidad ignaciana, las enseñanzas que recibí en mi Colegio San Bartolomé La Merced.

Absorbí una educación que buscó siempre el Magis. Y ser el mejor y hacer lo mejor inspiró en mí la vocación no de la antropofagia personal y profesional, no de la glotonería monetaria, sino de la mayor exigencia personal y la más alta competencia social. Siempre obré con el criterio que a mí, como cabeza, me tocaba dar el ejemplo. Magis: más laboriosidad, más exigencia, más honestidad y pulcritud en el manejo de recursos, más empatía, más creación de bienestar dentro de la empresa y para los colaboradores y sus familias. Puedo decir, con total apego a la veracidad, que más de una vez y en muchas empresas, fui el primero en llegar y el último en salir.

Extendí eso a la comunidad como una actividad metódica y planeada, cuando las Empresas Públicas de Medellín me designaron para crear su filial en Bogotá. Entonces no estaba tan definido y procesado el concepto de Responsabilidad Social Empresarial o Corporativa. Pero el área de “Relaciones con la Comunidad” cumplía ese papel de acercamiento y creación de valor con las personas que rodeaban desde un poste hasta una central telefónica.

Ser mejor solo puede tener un propósito en términos ignacianos: ponernos al servicio de los demás. Ese aprendizaje fue claro en los años que pasé en la comunidad jesuita, tanto en Medellín como en Bogotá. Así lo hice, así lo ejercí.  Mi posibilidad de trascender solo ha sido posible mejorando la vida de los demás, tanto dentro de las empresas como tratándose de las personas que afecta el ejercicio de ellas.

Creo que la validez de ese principio espiritual y de esa sólida base ignaciana es crucial para construir una nueva Colombia. Los pasos que estamos dando para superar conflictos, involucrar a una vida digna a millones de personas apartadas y discriminadas en nuestra difícil geografía y configurar un imaginario de esperanza y equidad para niños y jóvenes, requieren mucho de lo que yo recibí cuando fui niño y fui joven.

Solo mediante la solidaridad y el servicio, a través de la excelencia y el propósito de trascender, y configurando un nuevo sentido de la riqueza, muy diferente a la posesión y a la acumulación, solo así entregaremos lo mejor de nosotros mismos para un mejor país.

Sé, también, que gran parte de ese nuevo país saldrá de los miles de alumnos que sea han preparado y hoy se forman en los colegios jesuitas.

Puedo decir como San Ignacio de Loyola, que hice lo posible por “alcanzar la excelencia y compartirla”. Y confesar, en todo caso, sin duda ni vacilación, que “no merezco, Señor, cuánto he recibido”.

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